La verdad recorriendo el artificio

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Juan González Soto

Seis elegías, seis, con preludio y coda, y con palabras liminares y nota final. Y un amplio, delicado, detallado aparato con que sostener la mirada hacia ese precipicio que el poeta (conocedor de las letras y «aficionado a los retos») ha decidido contemplar, y afrontar.

El punto de partida es la muerte, las muertes, de profesores, de compañeros, de amigos. «Vida, memoria, máscara» puede leerse en el prólogo, esa especie de “déjà lu” con que iluminar desafío tan singular en estos tiempos, en que la épica renueva sus infaustos colores y huelga la lírica, aún más la elegía. ¿Cómo escribir versos, uno y otro, capaces de nombrar esa muesca inefable que es oquedad y reunión y conmoción de recuerdos y de personas amadas? Lo esencial es conseguir que con palabras sea nombrado ese tránsito hacia lo indecible. Y, sobre todo, que, después, una vez logradas, los versos suenen a verdad, y en verdad lo sean. En definitiva, la verdad debe recorrer, con su pie desnudo, el artificio de que parten y con que se elaboran las palabras.
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