JUANA CASTRO Y LA DAMA ERRANTE

Tenía yo que viajar desde Córdoba a Granada, en esos largos años en los que no había trenes alta velocidad para mi destino. El trayecto se hacía primero en tren, con parada en Antequera, y después en autobús hasta Granada: tres horas en total, con el tiempo de enlace en la estación de Antequera-Santa Ana.

Para evitarme madrugar al día siguiente, ya que debía estar en La Alhambra antes del mediodía, salí de Córdoba –era invierno– ya anochecido. Leía yo el libro que había preparado para el viaje, cuando el tren empezó a aminorar la marcha. Miré por la ventanilla, se veían algunas luces, pero no me pareció que hubiese llegado ya el momento de mi parada. Cuando me levanté y fui hacia la salida, el tren arrancaba de nuevo, sin que hubiese visto yo apearse a otros viajeros. Pregunté primero a la azafata, que me dirigió al responsable, y me informó de que, efectivamente, acabábamos de dejar atrás la estación de Antequera. El tren seguiría hasta Málaga. Consultó, miró los horarios, calibró. No había ya allí esa noche trenes para enlazar. Quizá un autobús, me dijo.

Y sí, llegué a tiempo de sacar un billete en la estación de autobuses dirección Granada, con salida a las 11 de la noche. Llegaríamos muy tarde, dependía del estado de la carretera y de la circulación. Compré dos chirimoyas gigantes en uno de esos bazares de-todo, la única tienda que vi abierta por los alrededores. Y llamé a Ángeles Mora.

–Lo siento, soy culpable, no sé cómo pudo pasar ni cuándo llegaré. Perdóname, no me esperes, mañana nos veremos.

El viaje, a pesar de ser yo contraria a los autobuses, no se me hizo pesado, la noche amenizada por la música de la radio que llevaba encendida el conductor.

Llegamos a la estación de autobuses de Granada a la una de la madrugada. Y cuando luego el taxi aterrizó en la puerta del hotel y yo atravesé el vestíbulo, me avisaron de que me estaban esperando. No lo podía creer. Ángeles estaba allí, con una mesa reservada para reponer fuerzas. Ángeles fresca, risueña, viva.

–Pero por favor, tan tarde…

–No te preocupes, estuve leyendo yo también, hoy dormí bastante. Y mi casa está aquí al lado.

Así fue como Ángeles Mora quiso acompañarme en mi descalabro para que no me sintiera mal, y porque ella es siempre generosa, regala prólogos y presentaciones, regala tiempo, aun en los últimos años en que tanto la requieren, después de su Premio de la Crítica y su Premio Nacional de Poesía.

Al día siguiente cumplimos con nuestro común asunto literario junto a otras autoras, que resultaron ser también compositoras de música y artistas plásticas. Estaba allí, y fue la última vez que la vimos, Mariluz Escribano, la poeta mayor en autoridad y en vida. Revivimos una vez más la Alhambra y el Generalife, con la ciudad vista desde allí.

Comimos un plato para mí nuevo que yo copié y que elaboro de tarde en tarde: Es un carpaccio de calabacín. Se corta en rodajas muy finas y se macera unas horas en limón o vinagre de manzana. Luego se escurre, se decora ligeramente con vinagre de Módena y se riega con aceite de oliva. Finalmente se saltea de queso azul desmenuzado, piñones y uvas pasas.

Cada vez que lo hago me acuerdo de Ángeles Mora, esa gran poeta y esa estupenda mujer y mejor amiga que ahora presenta sus PoeMorias

Rapsoda: Concha Gómez

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