“Amor oscuro” (sonetos Lorca)

lorcaTexto de:
Juan Manuel Iranzo Amatriaín
Doctor en Ciencias Políticas y Sociología

Antiguamente, y no hace tanto, quien deseaba adquirir el más profundo conocimiento del alma humana lo perseguía en vetustos libros escritos por ancianos maestros, casi siempre en épocas remotas. Hoy una mujer joven puede, con perfecta seguridad en sí misma, enviarle por whatssap a un amigo, hombre mayor educado en el hábito de la culpa y la confesión, de la justificación y la expiación, la imagen de un cartelito donde, con clara caligrafía y llano tuteo, le transmite esta perla de sabiduría: “No vivas dando tantas explicaciones. Tus amigos no las necesitan, tus enemigos no las creen y los estúpidos no las entienden.” Y ese perplejo amigo, que al leer este modernísimo proverbio se pregunta por qué haría caso a sus mayores y no a Mary Poppins, quién, como es sabido, por principio se negaba a dar explicación alguna de sus actos -al igual que la joven remitente-; ese incauto amigo, que temerariamente se ha comprometido a escribir unas palabras que oficien de presentación a la grabación para TheBooksmovie de los Sonetos del amor oscuro, de Federico García Lorca, en la conmovedora voz de Marcial Romero; ese atribulado, verboso y desconcertado amigo se pregunta si una presentación, proemio o prólogo, no tienen siempre algo de justificación, absolutamente innecesaria, cuando menos en el caso de un clásico joven, aunque irrenunciable, como los Sonetos, y si por ello no sería más consecuente y correcto excusarse, inventar alguna justificación para declinar, retractarse… Pero no, ya está otra vez con lo mismo y ha prometido enmendarse.

Acaso la reflexión que el amigo -de la joven, del rapsoda y del director de esta polifónica poética digital- acaba de escribir sea sólo la trayectoria del roedor de biblioteca para intentar escapar del laberinto de la escritura erudita sobre algo, la poesía, sobre lo que, de hecho, lo ignora casi todo. ¿Qué puede decir? Que de los quince a los treinta y cinco años perpetró versos que recopiló con torturada vanidad en un grueso cuaderno cuyo alto fin fue convertirse en pavesas, humo, brasas, cenizas, nada, una noche de San Juan para consagrar la promesa, sólo una vez, secretamente, ebrio de amor, incumplida, de no reincidir; que era un muchacho cuando en la residencia de estudiantes donde vivía corrió la voz de que el ABC de aquel día publicaba once poemas perdidos de Lorca, que hizo pacientemente cola para tomar el periódico y leer aquellos versos, que los leyó y con el corazón batiente corrió al quiosco más próximo, compró un ejemplar, separó las hojas en color de aquella edición singular y las conservo muchos años, hasta que en mala hora fueron descartadas o desaparecieron en alguna de las muchas y casi siempre ingratas mudanzas que han pautado su vida -operación logística que, como sabe todo el que la ha padecido, ocasiona daños equivalentes a los dos incendios o tres naufragios-; que hoy raramente lee poesía; o que tras aceptar la encomienda de estas letras su primer impulso, costumbre antigua, fue buscar bibliografía y que sólo la súbita conciencia culpable (“¡Oh, no!” “Oh, sí, otra vez!”) de haberse vuelto anacrónico lo detuvo…

En realidad, sépase, no fue ésta una iluminación interior surgida de la nada. El terreno estaba preparado por el hondo roe-roe de una inquietud. TheBooksmovie ha reunido a cientos de poetas de numerosos y diversos tiempos, lugares, idiomas, pero la poesía es hoy algo extraño a la inmensa mayoría de la gente. ¿Para qué empeñarse, pues? Su espacio, el de las palabras que conmueven por la risa o el llanto, la pasión o la cólera, la vida o la muerte, la verdad o el amor, está ocupado por relatos -novelas, películas, series- que con harta, hartísima frecuencia, producen emociones tan intensas y sorprendentes como someras y efímeras, experiencias para avivar una charla con conocidos, no vivencias para compartir como confidencia entre amigos. No podía ser más patente esa contradicción, con Lorca recién releído en el fondo del subconsciente, mientras el susodicho veía una película, Captain Fantasic, por azar y por más señas, cuando de pronto, inesperadamente, la trama dio un giro original a una escena clásica: un hijo se enfrenta a su padre -aquí una mixtura hippy de Thoreau y Chomsky- y le reprocha con estas palabras la educación de máxima calidad y ultra-progresista que de él ha recibido: “A menos que esté en un puto libro, no sé nada sobre nada.” Tocado.

Así pues, seamos francos, ¿qué sé sobre los Sonetos del amor oscuro que no haya leído en Wikipedia, el prólogo de sus ediciones impresas o los blogs de aficionados a la poesía? Así, al pronto, no lo sé, puede que nada o, en todo caso, muy poco. Así que tendré que encontrar el modo de justificar (“¡Y dale!”) esta parrafada. Para distraerles, les contaré un sucedido, un cuento que ya otro contó.

Esto era que el escritor Enrique Vila-Matas fue a la universidad a dar una charla sobre el cuento y, para ser más claro y efectivo, decidió, en lugar de enunciar preceptos, leer el que García Márquez consideraba el mejor relato breve jamás escrito, El gato bajo la lluvia, de Ernest Hemingway -resumen: una pareja de turistas pasan una tarde lluviosa en un hotel de la Costa Azul, desde la ventana la mujer ve a un gato atrapado por un aguacero bajo un banco, sale e intenta rescatarlo, pero no lo consigue; exasperada por la falta de colaboración de su marido le exige que le compre un gato; el director del hotel donde se alojan, que ha sido testigo de su empeño frustrado, le envía uno con la camarera..

Una vez leído, el ponente preguntó a los alumnos cuál creían ellos que era el sentido del episodio. Hubo diferentes opiniones, todas plausibles (nadie propuso que se tratase sólo de pintar una mujer ansiosa, un marido desatento y un atento director de hotel), todas signos o pistas de las ideas y cuidados íntimos de los jóvenes exégetas sobre el proceloso universo de las relaciones íntimas humanas. Vila-Matas concluye que la virtud que convierte ese relato en una magistral obra de genio es que aquello que lo compone resuena íntimamente en el alma de todo aquel que lo lee, y lo que no está en él, lo que cada lectora o lector debe sobreentender, suponer, imaginar, crear para que esa historia tenga pleno sentido para ellos, eso es distinto y exacto y preciso y profundo para cada uno, y colma cumplidamente un gran sueño de Ítalo Calvino, que los silencios de un texto expresen tanto como sus palabras.

Los Sonetos del amor oscuro pertenecen a ese exiguo canon de obras oraculares que iluminan la verdad de la vida de cada uno porque expresan la verdad de la vida de quien las escribió -como esos retratos que, por haber sido pintados con el sujeto mirando a los ojos de quien lo pintó, siguen al espectador donde quiera que se emplace para contemplarlo. Quien lea estos poemas hallará siempre en ellos reverberos de su pasado, resonancias de su presente y ensoñaciones de su futuro -o de otras vidas posibles-; cada cual, como Antón Pirulero, que atienda a su juego, y goce su prenda, la que a su personal sensibilidad le brinde la sugerencia de estos versos.

En mi caso, me importa que, según se dice, cuando los escribió, Lorca estaba perdidamente enamorado de un hombre -fuera quien fuese- más joven que él y que la pasión, el temor y el entusiasmo le embriagaban, le embargaban y le enardecían por igual. Cada poema pudo nacer de un instante de su historia de amor, de una situación o una ausencia, que tuvo su tiempo y su lugar, sus miradas, sus sentimientos y sus palabras. Hubo tal vez un comienzo cuando su mundo mutuo aún no existía y el amor era sólo una tentadora posibilidad creadora, de vida y de versos. En el soneto titulado ‘¡Ay voz secreta del amor oscuro!’ el poeta impreca y suplica a ese amor que no le pierda en la ‘maleza’ a donde le lleva: ‘¡que soy amor, que soy naturaleza!” En el soneto ‘Llagas de amor’, teme alcanzar lo que desea, pero no puede resistir al amor que le brinda el amado: ‘me da tu corazón valle tendido’. En ‘El poeta dice la verdad’, sueña con un amor de entrega jubilosa y plena, y, en efecto, en ‘Noche del amor insomne’ el poeta, alcanzado su deseo (‘La aurora nos unió sobre la cama’), se siente resucitar gracias a ese amor (‘y el coral de la vida abrió su rama / sobre mi corazón amortajado’).

Las separaciones continuas, interminables, son la cruz de los amores clandestinos y el amante inseguro pide a su amado que le dé seguridad de su amor. Cuando ‘El poeta pregunta a su amor por la ciudad encantada de Cuenca’, la verdadera pregunta es si el viajero se acuerda de quien más espera su regreso, cuya voz se desespera y suplica en ‘El poeta pide a su amor que le escriba’; y, en el ‘Soneto gongorino en que el poeta manda a su amor una paloma’, se desprende de algo hermoso y querido para que sea eslabón que los una en la distancia; más aún, en el ‘Soneto de la dulce queja’ revela su temor al abandono y ruega que el amor perviva; y sólo encuentra consuelo cuando, al fin, ‘El poeta habla por el teléfono con el amor’, para estallar de felicidad en el ‘Soneto de la guirnalda de rosas’, lleno de erotismo y humor, que dibuja un reencuentro de furiosa voluptuosidad. Sin embargo, aun superada la prueba de la ausencia, el amor nunca es sencillo. En el soneto donde ‘El amor duerme en el pecho del poeta’ éste dice y calla lo sabido, que en toda relación, más si es desigual, más aún si es secreta, siempre hay uno que ama más, da más, arriesga más, y casi siempre pierde más que el otro cuando todo se ha perdido y magro consuelo es haber vivido más.

Las diferencias son la materia prima de la armonía, si se halla el acorde en que resuenan en consonancia, o en grata y vivificante disonancia. Pero, a pesar de su posible belleza, también son el pan de la discordia y el motor de la distancia cuando el amor se apaga. El amor se estabiliza como un bosque resiliente y nutricio, capaz de sobrevivir a todas sus trasmutaciones, o se rompe, o se pierde, o se consume y muere. Y así se ha cantado, pero no aquí. Echo de menos -y no puedo justificarlo, ni me importa- otros sonetos, de desengaño y pérdida, o de felicidad sosegada y duradera. Quién sabe si hubieran existido, si estaban embrionarios en el vientre cordial del poeta asesinado, en la vida que truncaron. Los Sonetos es obra póstuma, seguramente inconclusa; sus once piezas se ordenan de forma convencional; pero es todo lo que tenemos y acaso su carácter de obra abierta, de manojo de fragmentos que pueden combinarse de múltiples maneras, amén de estar escritos en estilos diferentes que brindan evocaciones infinitas, favorece felizmente que cada uno de nosotros elabore su propia inteligencia sentimental de estos versos devorados por el inmarcesible deseo de estar junto a quien se ama.