ESCRITO EN EL AGUA, ESCUCHADO EN EL AIRE PUBLICADO EN PIEDRA PAPEL Y BARRO

por Miguel Veyrat
Miguel VeyratEn el llamado cementerio de los ingleses de la ciudad de Roma, hay un monolito con el nombre de Keats. En la lápida vertical se lee en inglés: “Aquí Yace Uno/ Cuyo Nombre Fue Escrito En Agua”, 24 de febrero, 1821.

Y en el foro universal de Internet si escribimos hoy en un buscador: “Soportes para la poesía”, aparecerán aproximadamente 3.260.000 resultados con ensayos firmados por expertos en sociología, neurociencia, literatura…  o animadores de talleres de escritura literaria, promotores, editores digitales, educadores, creadores de ‘aplicaciones para escribir poesía’ (sic) … todo en el ciberespacio.

Aristóteles al comenzar su Metafísica nos da la pauta de que todo comienza para nuestra mente en la mirada. Una mirada al mundo que nos llevaría a elaborar lo percibido dando lugar a un pensamiento poético que sucede en ritmos propios de la mente; los mismos que detectaron en el universo ‘los llamados pitagóricos’ y que han descrito científicamente los neurólogos actuales al disecar cerebros.

Pero el pensamiento sólo se crea al proyectar ese mundo captado por los sentidos sobre la mente del otro, que está enfrente y es necesario para emprender cualquier proyecto colectivo. De ese contacto brota un lenguaje pactado que con el uso se convertirá en lengua común.

Con tales datos ‘sapiens sapiens’, que ya sabe que sabe, se viste de ‘homo faber’ y emprende la construcción de techos, muros, templos, conservando en tales ‘soportes’ el lenguaje primordial en pictogramas, Altamira, Lascaux, y más tarde en signos jeroglíficos en tablillas de barro y muros de templos, bóvedas de tumbas.

¿Qué anota? Datos útiles, medidas, pesos, fechas, lunas y soles para contar el tiempo, imágenes para impetrar a los dioses buena caza o cosecha; la escritura y su hermana la pintura nacen pues como medio ‘comercial’ hasta que un autor anónimo abre la Historia de la literatura redactando la Epopeya de Gilgamesch. ¿Qué anota, denota Gilgamesch en su amor a Enkkidu? Un poema. Un poema escrito en agua caudal de emociones que buscan ser compartidas.

Mas la literatura había despertado mucho  antes, alzando la voz humana y ritmando sus palabras musicalmente, hasta encontrar sentido y expresarlo en armonía de diversos tonos. Repetido luego en calles y plazas los rapsodas hicieron popular tal relato interior de la vida ‘escrito’ en estelas vocales que se cierran en el agua al pronunciarse. Y lanzadas en soporte de viento al aire, penetrando las neuronas de los caminantes.

Al correr de los siglos la epopeya poética de la mirada humana sobre el mundo pasó pues por los soportes de roca, ladrillo cocido, papiro, papel, seda, tintas, tórculos, prensas, rotativas; pasó a través de las galaxias Marconi y Gutenberg hasta dar en el ciberespacio digital que todo lo preña ahora.

La cuestión que se plantea al lector y al creador dice que ‘la realidad virtual’ implica cambios sustanciales en el cerebro humano — plástico, afortunadamente— pues cada criatura debe generar aceleradamente los millones de nuevas sinapsis necesarias para remodelarlo. Y así degustar placentera o alteradamente los platos que la tecnología aliada a la ciencia nos ofrece, decidiendo si el placer y la utilidad nutricia intelectual para cada organismo humano dedicado a la lectura resultará más eficaz y duradero en un medio u otro.

Personalmente, cuando algún lector o alumno amigo me pregunta por el tema, suelo responder que lo escrito sobre el agua llueve mejor en la conciencia antes de evaporarse, si se remansa entre las orillas de un lago llamado libro impreso, expandido hasta un océano de bibliotecas por donde navegar con temple sereno, disfrutando de las voces de los poetas que nos llegan desde la sima de los siglos. Pero nunca en 140 caracteres perdidos e insoportables en el ciberinfinito de una realidad simulada.

¿Qué no daríamos hoy por escuchar el vibrato de la voz de Homero, de Horacio o de Virgilio, del Dante, Góngora, las de Keats o el Arcipreste? ¡Ah! Pero ya tenemos las de Cernuda —que casualmente o no, incluyó en “Ocnos” un poema ‘escrito en el agua’—  las de Alberti, Federico, Juan Ramón o Apollinaire. ¿Por qué no pedir por último a nuestros editores las voces nuevas de nuestros contemporáneos introducidas en libro impreso en papel y con un soporte sonoro adecuado,  ahora que viven a nuestro alcance? He oído decir que algunos ya están en ello. Atentos.

Sevilla, 15 de octubre 2017