FERNANDO AÍNSA: ENTRE EL FERVOR Y LA IRONÍA

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JAVIER DE NAVASCUÉS

En un hermoso ensayo, Adam Zagajewski define la poesía actual como una tensión desigual entre el fervor romántico y la ironía posmoderna. Desequilibrada por el peso desmitificador de la ironía, esa «eterna correctora», la poesía, dice el gran poeta polaco, corre el peligro de banalizar su mensaje. Ciertamente nunca lograremos afincarnos en la trascendencia y, después de fijar nuestra atención en las alturas, tendremos que descender a la cocina para preguntar qué hay de cenar o iremos al buzón de correos para revisar la factura de la luz. Las grandes palabras chocan con la prosa de la vida cotidiana. Pero, a la vez, «una estancia demasiado larga en el mundo de la ironía y la duda nos hace desear un manjar más diferente y sustancioso». El fervor, en definitiva, es necesario para estimularnos en la fe que mueve el lenguaje.

Para situarnos en la poesía de Fernando Aínsa quizá nos convenga una reflexión tan oportuna. Cinco libros en diez años han configurado una voz caracterizada por la tensión entre los dos extremos, el del fervor emocionado y el de la duda escéptica. En efecto, Aínsa se mueve como poeta en una vía de dos sentidos: de un lado, el análisis detenido, la distancia pudorosa, los juicios sobre la verdad del ser humano desde la conciencia de la propia finitud. De otro lado, el deseo de reivindicar sus experiencias, la celebración de la felicidad vital, la voluntad afirmativa de altura. Los dos extremos se entrelazan y libran una batalla en la que la ironía intenta solapar al éxtasis, pero nunca termina de ahogarlo. Este movimiento, que puede recordar al de otras voces como la de Wislawa Szymborska, una de las sombras tutelares del poeta Fernando Aínsa, determina una obra tardía, variada y singular.

La vasta producción ensayística y narrativa del autor hispano-uruguayo no necesita presentación para quien se haya interesado en el estudio de la literatura de Hispanoamérica. Numerosos títulos, algunos de ellos fundamentales para la comprensión de la cultura del continente, han cimentado la obra ejemplar de un intelectual que, solo cuando había alcanzado ya un reconocimiento y una dimensión más que notorios, emprendió el camino inexplorado de la poesía. Así, el primer libro, titulado no por casualidad Aprendizajes tardíos (2007), es el fruto de un sorprendente viraje, tras más de cuatro décadas dedicadas al estudio, la crítica literaria o la narración, si hablamos de facetas creativas. Este nuevo asedio, por cierto, está impregnado de una intensa pulsión existencial, lo que dota a la poesía de Aínsa de una carga ética, una poderosa dosis de verdad.

Una lectura del primer poemario permite adivinar una revisitación de tópicos venerables como el ubi sunt o el canto a la vida retirada. Aínsa lo hace desde una experiencia y un lenguaje bañados en ironía. Los versos inaugurales son el autorretrato de un poeta en clave menor, poco inclinado a darse importancia: «Me presento: / tardío aprendiz de hortelano, / falso modesto cocinero, / y otras cosas / que ahora poco importan». El protagonista volteriano de este libro es, pues, un poeta que acude al topos de la captatio benevolentiae para entonar su voz madura y modesta. Aurea mediocritas, entre clásica y moderna, que define un empeño de vivir mientras la Parca resopla a las espaldas.

Hechas las presentaciones, el yo va introduciéndonos en su mundo por medio de un lenguaje transparente, objetivo y repentinamente sentimental. El decir de Aínsa es sólo prosaico en apariencia. El mejor poema del libro, a mi modo de ver, queda para el final, «Papá está disimulado en mi equipaje». El texto nos va llevando de la anécdota hasta el salto afectivo de forma casi imperceptible, pero magistral. Esta emotiva historia familiar anticipa el tono del último y extraordinario libro de Aínsa, Capitulaciones del silencio y otras memorias. Tanta es la coherencia de este universo tardío, que desde el comienzo se esbozan los temas del final hasta ahora conocido.

Una de las partes más interesantes del libro se corresponde con el centro mismo del volumen. La sección titulada «Nueces», por ejemplo, establece una secuencia de poemas dedicados a este fruto seco, comparado ingeniosamente con los hemisferios cerebrales. Desde su misma insignificancia y su sabor amargo y atrayente, se convierte en un símbolo del existir. Las nueces, como tantos otros alimentos del campo, traen significados entrañables para el autor. Aquí, con un tono rústico y finamente sarcástico, el poeta hilvana memorias de comilonas pretéritas y mira al presente con una relativa confianza: «Consuélate ahora, / y casca / (frugal) / otra nuez al atardecer mañana». Los poemas sobre las nueces, como los que conmemoran a otros frutos de la tierra (patatas, manzanas, rúcola) ahondan en la dimensión material del vivir, reflejan el deseo de supervivencia, por muy precaria que esta pueda llegar a ser. La humildad de las verduras y frutas reproduce las atenuadas ambiciones de quien las consume.

Aprendizajes tardíos es un título casi de tanteo, como si se pidiera permiso para entrar en un ámbito hasta entonces vedado tras una extensa y brillante trayectoria en otros ámbitos de la escritura. Bodas de oro (2011) revisita muchos elementos presentes en el libro anterior y consolida otros nuevos que confirman que estamos ante un poeta en total posesión de un mundo y un lenguaje propios. Por una parte, repiten presencia la supervivencia y la muerte, como temas antitéticos y complementarios; el valor de los objetos cotidianos (espejos, comidas); el tono descreído y el prosaísmo. Pero a la vez hace su ingreso un elemento nuevo, la mujer amada, ese tú permanente que ya no es el poeta duplicado en un interlocutor ficticio con el que se hablaba en Aprendizajes tardíos. Ahora la poesía se vuelve dialógica desde la atalaya de una experiencia de dos personajes, «conectados de forma dolorosa». En ese juego de diálogos, con preguntas y respuestas ocasionales, conviven los comentarios desencantados con afirmaciones de inquebrantable fidelidad. Libro de amor en el sentido más hondo del término, Bodas de oro es un poema de dos.

Con una valerosa asunción del fin y al mismo tiempo un amor que lo define muy bien, el poeta esboza un futuro en soledad. Pero, sea o no exacto el instante en que el tiempo acabe con la unión conyugal, la relación debe vivirse como si las bodas de oro vayan a realizarse, como si el porvenir no sea fúnebre, sino un presente real en el que la felicidad común sea digna de celebrarse. Todo esto justifica el amor renovado día a día: «Estas bodas de oro no se festejarán / ¡Faltan tantos años! / Mas debieran prepararse con minucia (…) Como si el futuro fuera mañana». En sus luminosos ensayos sobre la identidad cultural de América Latina, Fernando Aínsa se ha referido en numerosas ocasiones al potencial creativo de la utopía, motor transformador de la Historia. Esta pulsión utópica, necesaria para la construcción de una cultura comunitaria, aquí se desarrolla en un nivel más íntimo y personal. Ahora hace falta construir un futuro compartido, utopía basada en el sentimiento, pero también en la libre voluntad de seguir viviendo juntos hasta el final.

Clima húmedo (2011) se enfoca en una constelación de sensaciones, asociadas a un espacio y un tiempo perdidos en la memoria. Frente a la rigurosa sequedad del presente aragonés, la voz lírica se vuelve hacia el tiempo olvidado en un armario, los estados de la atmósfera en una tierra fundamental en la biografía del autor. La nostalgia del Uruguay, el país que lo vio crecer en su juventud y primera madurez, se encarna en el ambivalente paisaje de las distintas humedades revividas a través de la palabra. Frente a la calidez doméstica y conyugal de Bodas de oro, la humedad se evoca con un tono neutral en todas sus variantes, desde las inundaciones y bancos de niebla que regularmente acosan Montevideo hasta las paredes enmohecidas de una casa clausurada hace tanto tiempo. Ahora bien, esa objetividad, plasmada en cifras y comentarios meteorológicos, se contrapesa, poco a poco, con el impulso enamorado de un lugar en donde el yo presiente sus raíces. El retorno a la casa, después de muchos años de ausencia, está transido de amenazas por culpa de la humedad, esa

Humedad que señorea donde puede,
busca la grieta
la forma donde se ensaña
y doblega la pulcritud para hacerla pegajosa,
por fin suya.

Todo exuda decrepitud y abandono. Los detalles que delatan corrupción de la materia y humedad se acumulan: el sifón de plomo, la grasa de las paredes, el verdín promiscuo y la fauna protegida de cucarachas, bacterias y ácaros del moho. Este escenario tan poco prometedor es el correlato objetivo de un mundo anímico en 12

retirada. Clima húmedo, el más implacable, el más duro quizá de los cinco poemarios del autor, es un alegato contra la peligrosa inutilidad de la nostalgia. Poco margen queda aquí para el fervor, y sí mucho espacio para el desencanto. Con todo, el libro se cierra con una característica admonición al propio yo, quien se impone una nueva tarea en el aquí y ahora:

Por eso te propongo:
Cierra el armario
a cal y canto,
y emprende el retorno a la terca sequedad
de tu presente.

Una inteligencia sistemática guía y ordena la estructura de cada libro de Fernando Aínsa. Hay en ellos una inclinación irresistible por la unidad y la integración. Como ha observado con agudeza María José Bruña, si Aprendizajes tardíos se sostenía por la experiencia del terruño y Clima húmedo se inspiraba en el elemento acuático, Poder del buitre sobre sus lentas alas (2012) tiene al aire como espacio poético primordial.

«Ver bien es ver de lejos»: este espléndido verso delimita la mirada delicada y compleja que se proyecta hacia las alturas en este libro sorprendente. El buitre, emblema del poeta, puede verse como un animal torpe y grotesco si lo miramos de cerca. Pero su vuelo es hermoso cuando lentamente remonta el vuelo o sobrevuela en el horizonte. Su verdadera grandeza se adivina en la lejanía. Se necesita entrar a ese doble juego, entre emocionado y burlón, para comprender la fuerte apuesta simbólica. La aspiración al cielo, la calidad del planeo sombrío y majestuoso, tienta al poeta que se siente apelado por una belleza que lo trasciende: es el deseo de «esparcir la mirada por el paisaje». Mecida por el aire, el alma se funde con el aire.

Pero, a la vez, el buitre arrastra en sí mismo la condición limitada del ser humano, su destino de despojo, su torpe fealdad vista desde cerca. Atroz ironía: el poeta que se siente llamado a las alturas es un ser ambiguo como el albatros de Baudelaire. Ni siquiera cuando el buitre está en lo alto puede prescindir de la atracción por la tierra, seducido por los reclamos más morbosos, como esa oveja inmóvil que yace abajo esperando a ser devorada. El buitre, en consecuencia, ese animal que vuela y devora, cantado por Unamuno y por Valéry entre otros, se torna en símbolo de las aspiraciones más secretas. Su conducta terrible expresa la vida y la muerte, la luz y la nada.

El quinto y último volumen, Capitulaciones del silencio y otras memorias (2015), abre las puertas al recuerdo personal, un tema que circulaba de modo más o menos subterráneo en los otros poemarios y que aquí encuentra su expresión más certera. Aínsa, desde su vertiente más lúcida y distanciada, siempre se ha decantado por una poética de la narratividad. A su modo, muchos poemas anteriores contaban una historia. En Capitulaciones hay un relato por cada poema: el jersey existencialista de la hermana; la iniciación erótica de «Dora, Dorita»; los paseos juveniles por la rambla montevideana con tres amigos; la romántica aventura de «Santo Domingo de los colorados»; el tan doloroso destino de la biblioteca paterna, o la ascensión a la montaña Sainte-Victoire, en la que sobresale la figura de la madre sonriente entonando canciones de la infancia. Cada entrañable repaso por las escenas rescatadas del depósito del tiempo es una oportunidad para vibrar que consigue aquí su registro más emotivo.

De nuevo la cuerda fuertemente elegíaca se ajusta a las dosis justas de ironía. El poema dedicado a la subida al monte, de tantas reminiscencias petrarquistas, es un homenaje a la madre, a la vez que una muestra de ese deseo de altura que gobierna otros textos, como ya hemos visto. Sin embargo, también como siempre, frente a la ilusión de una vida más pura se alza la destrucción cobrada por el tiempo, en este caso a través de una catástrofe ecológica. Un incendio, se nos cuenta en el poema, destruyó los bosques por los que transitaron el poeta y su madre en el primer día de 1980. El desastre se describe de forma brutalmente maquinal:

Años después –en 1983– la montaña Sainte-Victoire

será clasificada como parque natural, patrimonio y espacio protegido;
en 1989 un incendio devastará su ladera más rica en árboles y esa garriga donde cantaban las cigarras con su proverbial inconsciencia.

¿Destruirá la ironía que se deriva de este acontecimiento el temblor del recuerdo y del poema? ¿No quedará nada de la apasionada defensa de la vida que cantó el poeta en memoria de su madre? No es así, porque el poema continúa:

Nuestras huellas borradas en la ceniza,
recuerdo ahora ese día
–subiendo con mi madre hacia la cumbre
culminando el postergado sueño–
y me repito con Ovidio, como tal vez hiciera ella:
«Y es que querer no es suficiente;
para conseguir una cosa
hay que desearla ardientemente».

El ardor, imagen de la destrucción obrada por el incendio, es también la representación del encendido deseo de superación, de la voluntad de elevarse en pos de un objetivo que es digno de cualquier esfuerzo. Vida y muerte, deseo y aniquilación, son verbalmente las caras de la misma moneda. El fuego –ese cuarto elemento de la materia que faltaba tras la tierra, el agua y el aire de libros anteriores–, destruye y purifica, anula y transforma. Capitulaciones del silencio es, en conjunto, el volumen más directamente emotivo de todos los escritos por Aínsa. Entre los dos extremos en que transita su voz, es el éxtasis el que consigue imponerse gracias a la fuerza de la narración y al fluir del verso. El vector irónico se sigue descubriendo en ese poso de lucidez con que se enfocan las situaciones, en las referencias a las sobreabundantes lecturas o en el tono prosaico de tantas imágenes. Note, por cierto, el lector con cuánta abundancia los paréntesis puntean los versos de Fernando Aínsa, atenuando, matizando, comentando, templando un exceso de temperatura, una confesión acaso imprudente. Atento a contener cualquier efusión demasiado obvia, no pierde ocasión de tascar el freno de los sentimientos en los que el ego, ese enemigo implacable del yo, se desboca por caminos vanidosos. Pero el fervor se termina abriendo paso de forma insuperable, sobre todo cuando el poeta se enfrenta al profundo amor a la vida que da sentido a su escritura. Y no de otra forma se entienden otros motivos por los que vale la pena leer a Fernando Aínsa: el anhelo de una existencia compartida, el amor por los seres queridos, la pasión por el vuelo.