FRANCISCA AGUIRRE BENITO, POETA

M_Quiroga

Manuel Quiroga Clérigo

Recibimos la muy triste noticia del fallecimiento de la excelente poeta alicantina Francisca Aguirre cuando el calendario nos muestra la fecha del 14 de Abril, Domingo de Ramos y 88º aniversario del advenimiento de la II República Española, de tan corta duración, que tuvo lugar tan sólo unos meses después del nacimiento de nuestra amiga acontecido el 27 de octubre de 1930. Se nos agolpan los recuerdos sobre todo de la época franquista en relación con ella misma, a quienes entonces conocíamos como Paquita, Félix Grande, su marido, y su hija Guadalupe, nacida en 1965. Por entonces su casa de la calle de Alenza, cerca del Instituto Geológico y Minero de España, era un lugar amable convertido en una especie de centro apasionado de la izquierda culta tanto de nuestro país como de las decenas de poetas, escritores y artistas de todo tipo que continuamente llegaban a España desde aquella América hispana siempre ocupada por los milicos sanguinarios que, en un alarde de crueldad excesiva, tenían como principal objetivo la eliminación de sus propios connacionales que, a su entender, eran un peligro para su acción de gobierno. Se trataba precisamente de las mujeres y los hombres más cultos, creativos y abnegados, pintores, escritores de toda índole, profesores de universidad, cantaautores, economistas, incluso ciudadanos de opciones políticas alejadas de la izquierda tradicional pero con ideas propias y capacidad para asistir a los desfavorecidos, a los humildes, ideas que chocaban con los planteamientos economicistas de los Chicago boys que trataban de perpetuar los privilegios de las clases acomodadas y de los dirigentes generalmente militares que, durante tanto tiempo, atenazaron sobre todo a Centro y Suramérica, fundamentalmente a países como Nicaragua, Guatemala, Brasil, Paraguay, Argentina, Uruguay, Chile, El Salvador, Honduras, etcétera, dejando un rastro de miles de muertos, desaparecidos, torturados, inválidos.

Francisca Aguirre y su esposo el poeta Félix Grande que, por entonces, trabajaban en elPaca Aguirre Instituto de Cultura Hispánica, él como Redactor-Jefe de “Cuadernos hispanoamericanos” y luego como Director y ella como secretaria, siempre en la cercanía de Luis Rosales, hombre ecuánime y benefactor de las ideas razonables, ofrecían su modesto domicilio a quienes tuvieran inquietudes similares a las suyas. Este domicilio, además de contener miles y miles de libros alrededor de múltiples estanterías ubicadas en unos pasillos atestados de volúmenes,  era presidido por enormes cuadros del pintor Lorenzo Aguirre, padre de Francisca, que por el sólo de haber ejercido algunas funciones, digamos, burocráticas en el Museo del Prado durante algunos meses en los años de la República, fue condenado a muerte por el Régimen franquista, condena que se ejecutó sin ninguna misericordia pese a que sus hijas pidieron y consiguieron una audiencia con Carmen Franco Polo, la hija del Dictador gallego, de edad similar a la de las niñas, a la fueron a solicitar clemencia para su progenitor. Carmencita las recibió en El Pardo solamente para comunicarles que esos temas eran cosas de la política y que ella no podía interceder en ningún caso.

Paca Aguirre, así rebautizada por su gran amigo José (o Pepe) Hierro, ha sido una poeta excelsa y una interesante narradora. No ha sido una autora que se haya prodigado pero su obra lírica permanecerá como la de una mujer inquieta, elegante y minuciosa para quien el mundo de los afectos y las relaciones humanas cobraron especial valor en unos poemas de corte clásico pero con una personal inspiración. En 1971 le fue concedido el Premio de Poesía “Leopoldo Panero” por su obra “Itaca”, en 1976 el “Ciudad de Irún” por “Los trescientos escalones”. Luego vieron la luz otras obras, tanto poéticas como narrativas: “La otra música” (1977), “Espejito, espejito” (1994), “Que planche Rosa Luxemburgo”. (1995) Recientemente se concedió a Francisca Aguirre el Premio Nacional de Poesía por el conjunto de su obra y tanto en Valencia como en Alicante se están preparando diversas antologías que contendrán lo más importante de sus escritos.

En un precioso comentario aparecido en “Cuadernos hispanoamericanos” en febrero de 1975 titulado “Rosa Chacel, como en su playa propia” dejaba un texto que podría haber sido escrito hoy  mismo, es decir casi 45 años después: “Nos movemos en una sociedad que en su mayor parte resulta absurda y sin sentido. Dentro de este caso en el que la mayoría de las veces nuestra individualidad es asaltada y nuestro cerebro sometido a las más diversas técnicas de lavado, resulta congruente, por no decir indispensable, que el mundo de la cultura contraataque utilizando a su vez lo que podríamos llamar otra forma de la publicidad: el proselitismo artístico. Si bien es cierto que este proselitismo nunca dispondrá, desdichadamente, del despliegue de medios informativos que ostenta la publicidad. Qué le vamos a hacer, más vale algo que nada. Estas páginas no tienen más objeto que la descarada intención de incitar a la lectura de los libros de una escritora. Rosa Chacel. No voy a escribir desde una objetividad en la que no creo, sino desde el subjetivismo que supone la admiración, Admiro la obra de Rosa, y es esa admiración la que motiva este trabajo”.

Las líneas precedentes sobre Paca Aguirre tienen la misma intención que las suyas sobre Rosa Chacel, y solamente quieren recordar a una persona honesta, afable, afectada muy dolorosamente por el inhumano levantamiento militar del 18 de julio de 1936, la cual supo, a través de la poesía, encontrar un humilde camino de concordia que pocas veces aparece en la obra de los poetas de su generación.