GASPAR, EL REY DE JUAN RAMÓN

J_Rodriguez

Jorge Rodríguez Hidalgo

La singularidad del poeta Juan Ramón Jiménez, lejos de discutirse con los años, se confirma con ellos. La obra que, aún confinada en legajos y rincones conocidos y por conocer, sigue sumando títulos no hace sino revalidar los postulados que sobre el arte poética defendió siempre el vate de Moguer y que tienen en la pureza y en la frescura de lo nuevo sus dos expresiones fundamentales. Cada hallazgo, una aventura, por más que dentro de esos parámetros casi infinitos en que se mueve la escritura del onubense. Juan Ramón es esperable y sorprendente a la vez. Como a él le gustaba decir, no restan quietos ni él ni su obra, pues sólo el movimiento y la mudanza son señas de permanencia.

Los rincones donde aguarda Juan Ramón las manos y los ojos de sus rescatadores y difusores constituyen de forma significante la metáfora del quehacer poético por el que tanto abogó: la poesía aparece natural y azarosamente al ver, al oler, al tocar, al sentir, al ser; es única cada vez: pura, entonces. En vísperas de que se cumplan sesenta años de su muerte carnal (29 de mayo de 1958), es incesante el afloramiento de obras que dejó terminadas o proyectadas, muchas de estas últimas con suficientes indicaciones para su publicación. Es el  caso de “Historias”, un poemario que ve la luz gracias a la filóloga sevillana Rocío Fernández Berrocal y a la Fundación José Manuel Lara. La edición, que cuenta con una estupenda introducción de la doctora andaluza, enfatiza el aspecto más humano y cálido del poeta, especialmente en lo tocante a su afinidad con el mundo de los niños, a quienes consideraba desde el efecto que en ellos producía su pertinencia a una u otra clase sociales. La dicotomía pobre/rico se repite en varios de los poemas incluidos en el libro, así como en el conjunto de su producción subraya la impresión y mella que las enfermedades y las malformaciones producen en la infancia. Juan Ramón era un niño afortunado protector de niños desgraciados, y de ellos se acordaba y en ellos se inspiraba a veces en la venturosa hora de la composición (recuérdese que su celebérrimo “Platero y yo” está dedicado “A la memoria de Aguedilla, la pobre loca de la calle del Sol, que me mandaba moras y claveles”). La tierna mirada a los menores era consecuencia de su bonhomía natural –discutida más de la cuenta por quienes le envidiaban el genio creativo- tanto como de su idea del hombre y del tiempo como una unidad carente de aristas y de jerarquías internas: no hay primacía del adulto sobre el infante, pues en ambos todas las categorías, en términos aristotélicos, cohabitan por igual por tratarse del mismo individuo.

La lectura de “Historias” ha sido ocasión para volver sobre algunos textos del maestro que, no por más conocidos y admirados dejan de embelesarnos y hasta de sorprendernos a poco que, como un colibrí ante la flor, detengamos el vuelo frente a sus páginas. Es así que reparo en un fragmento de “Platero y yo” perteneciente al capítulo 122, el dedicado a “Los Reyes Magos”. Cita el poeta en él al rey Gaspar, de quien pretende caracterizarse y para cuyo disfraz “llevaré unas barbas blancas de estopa”. Juan Ramón, siempre atrevido en el imaginar, siempre reacio a la subordinación a las normas ortográficas establecidas y a tantas convenciones más, pinta de blanco la castaña barba que tradicionalmente se le atribuye a este “mago” o sacerdote erudito. La barba blanca del rey Gaspar debe verse, pues, como otra manifestación de ese espíritu libérrimo, no caprichoso, que le llevaba en todo momento a la recreación tras la creación, a la corrección ad infinitum de cada texto, de cada palabra, de cada pensamiento. Esa voluntad de reescritura (“para mí corregir es revivir”, afirmaba) es la revitalización personal y literaria (“mi mejor obra es mi constante arrepentimiento de mi obra”) que practicaba cotidianamente y que le llevaba a eso que se dio en llamar la poesía pura, que no es otra cosa que pura poesia, palabra identificadora del cosmos.

Bautista infatigable del mundo nuevo (heracliteano parece sin dejar de ser aristotélico), su nombrar esencial, límpido, admite las formas de faces múltiples, tantas como instantes en que comparezcan las cosas, la naturaleza, la humanidad toda ante el tribunal de la imaginación o el consejo de las esperanzadoras ilusiones. Para Juan Ramón, el tiempo también podía representarse porque posee entidad propia y diferenciada de la vida en su orden diario. A diferencia de buena parte de la poesía actual, por ejemplo, tiranizada por las prisas y por las imposiciones de las redes sociales y la falsa globalización, la poesía pura tiene un lugar en el futuro, que es presente; en el futuro, que es pasado; en el futuro, que es más futuro porque la vida carece de cenit, destino o quieta contemplación con que alimentar el vertiginoso pensamiento, la insaciable poesía. La poesía pura. La pura poesía.