LA ACTUALIDAD DEL PLAGIO

por Juan Mollá
24 de noviembre 2018

          El Derecho de Propiedad Intelectual parece haber cobrado de pronto una gran actualidad. Y no me refiero a la creciente acumulación de congresos, masters, jornadas de estudio y artículos doctrinales originados por las entidades especializadas en esta materia, sino su eclosión en los medios de comunicación, redes sociales e incluso en el Parlamento y en los discursos de los políticos.derechos_autor

            Este derecho no es, sin embargo, cuestión novedosa. Se atribuye su nacimiento al Estatuto de la Reina Ana de 1709, y se desarrolló en Europa en el siglo XIX, como es bien sabido.

            La Ley Española que lo regulaba, de 1878, permaneció intacta y un tanto olvidada durante más de cien años, hasta que conseguimos sustituirla, en 1987, por una nueva Ley, moderna y avanzada, que se ha completado después, sobre todo por la expansión de las nuevas tecnologías.

            Pero la cuestión ya se había agudizado con las teorías de la cultura gratuita y los partidarios de la creación intelectual sin remuneración, pues les parecía escandaloso que poetas y escritores exigieran dinero por ver publicadas sus obras que, según mantenían aquéllos, los autores las debían a la sociedad, que les dotaba de la cultura necesaria para crearlas.

            Y ahora todo el mundo habla del plagio aun desde la más absoluta ignorancia del Derecho. Ya se hablaba de ello mucho antes, sobre todo a lo largo del siglo XX, cuando se denunció el plagio atribuido incluso al intocable Pablo Neruda y a Bryce Echenique, Carlos Fuentes o Saramago. Yo mismo he intervenido en procesos y reclamaciones por plagio contra renombrados escritores españoles de nuestro tiempo.

            Ahora se habla del plagio de los políticos. Y eso eleva el plagio a la cumbre de las preocupaciones nacionales. Parece que la suerte de la clase política e incluso el futuro inmediato del país dependen de calibrar el grado del plagio perpetrado por algún importante personaje. Y cualquiera puede hacer esa tarea. Incluso se echa mano de sistemas o instrumentos automáticos capaces de detectar el plagio en exámenes universitarios, tesis doctorales y artículos críticos.

            Esos sistemas automáticos no son del todo decisivos, porque pueden cuantificar el número de frases textuales, pero quizá no calibrar su importancia, ya que pueden captar numerosas frases textuales anodinas sin que exista verdadero plagio. Y, por el contrario, la copia de unas pocas líneas, si tienen un contenido original y sustancial, puede ser plagio.

            Además, importa recordar un aspecto del plagio al que nadie está aludiendo: Aparte de los posibles perjuicios económicos a la víctima y del desdoro del plagiario (que hoy es lo que se pretende) el verdadero plagio causa al plagiado un grave daño moral, una lesión íntima que no puede compensarse con nada. Y éste es un aspecto elemental que no aparece, sospechosamente, en los comentarios actuales a los que me refiero. Un ataque directo al autor original, a la función creadora.

            Pero hay también otro perjuicio muy grave que ocasionan ciertos plagios, sobre todo en el caso de los que se atribuyen a cargos públicos, políticos o administrativos, respecto a su aptitud y sus méritos para ocuparlos: El engaño al público, a los votantes o a los ciudadanos en general, al fingir unas capacidades, una titulación o una personalidad que no son propias, sino  que se han usurpado al autor plagiado.

            Y este engaño perjudica gravemente a la misma estructura social.

            Yo recuerdo que, cuando era muy joven, sufrí un agudo sentimiento de rabia y de tristeza al descubrir que un profesor me había copiado textualmente,  en una publicación suya, varias páginas de un libro mío. Sin citarme, apoderándose de lo mejor que yo poseía: mi creación. Aquella herida, a pesar de haber transcurrido tantos años, aun no ha cicatrizado.