La verdad recorriendo el artificio

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Juan González Soto

Seis elegías, seis, con preludio y coda, y con palabras liminares y nota final. Y un amplio, delicado, detallado aparato con que sostener la mirada hacia ese precipicio que el poeta (conocedor de las letras y «aficionado a los retos») ha decidido contemplar, y afrontar.

El punto de partida es la muerte, las muertes, de profesores, de compañeros, de amigos. «Vida, memoria, máscara» puede leerse en el prólogo, esa especie de déjà lu con que iluminar desafío tan singular en estos tiempos, en que la épica renueva sus infaustos colores y huelga la lírica, aún más la elegía. ¿Cómo escribir versos, uno y otro, capaces de nombrar esa muesca inefable que es oquedad y reunión y conmoción de recuerdos y de personas amadas? Lo esencial es conseguir que con palabras sea nombrado ese tránsito hacia lo indecible. Y, sobre todo, que, después, una vez logradas, los versos suenen a verdad, y en verdad lo sean. En definitiva, la verdad debe recorrer, con su pie desnudo, el artificio de que parten y con que se elaboran las palabras.

El poeta deja muestra de su artificio y de la poesía que pretende ya en la primera parte del poemario, «El preludio» (¡Qué sutil, y decisivamente, la determinación precede al sustantivo!). También en la «Nota del autor» con que se cierra el libro. También en «Coda», la última parte: En los márgenes del bosque se vuelve al idioma de una belleza contemplada en la arquitectura del ayer, antes de la seducción o del final, como una mirada. También, claro, se difumina y se perfila en las palabras liminares de Edouard Forêt.

Juan Carlos Elijas ha conseguido con Desorden de espíritu (Madrid: Los Versos de Cordelia, 2018) evocar las oquedades de la muerte. Y, a la vez, ha dibujado el artificio de su elaboración poética, ha delimitado la herramienta, ha descrito los caminos de su pensamiento.

El lector queda conmovido por las diversas ausencias nombradas en el libro: Y ahora duermes más allá de los sentidos, de las pasiones y del desorden (José Luis Giménez-Frontín), aquí la eternidad en tu lenguaje, | el cauce prematuro de la sombra (Javi Urruela), Porque era el mar quien sin duda alguna | calmo te esperaba, olas en reposo (Tony Urbano), aquella oscura celda que pretendió el olvido (Ramón Oteo Sans), la paz que en silencio se enreda entre los robles (Pilar Gómez Bedate). Sin embargo, y por encima de la conmoción a que conduce la tristeza, que tanto dentellea y tanto desgarra, sobrevuela sobre el lector una límpida felicidad. Sabe presentirla, acercársela. Es esa felicidad que otorga la percepción de la belleza, lograda verso a verso; a veces, endecasílabos; otras, extraños tridecasílabos; otras, alejandrinos; otras, en fin, neta prosa.

Hay una elegía final, una sexta. Auténtico aviso para incautos navegantes, la elegía anuncia una muerte futura, inexorablemente avanzando frente a unos ojos asombrados: In memoriam Europa. Creta y Odysseus Elytis acompañan al poeta y al lector: la voz, mi voz, el mar vacío canta.

Desorden de espíritu es un libro bellísimo. Sobre los cantos elegíacos sobrevuela un canto a la poesía, a la verdad recorriendo el artificio que la nombra.