LAS MELISENDAS DE ANTONIO TELLO EN UN ROMANCE ÚNICO

J_Rodriguez

Jorge Rodríguez Hidalgo

“Romance de Melisenda” es la última creación “de largo aliento” del poeta Antonio Eduardo Tello Argüello (Villa Dolores, Córdoba, Argentina, 1945), cuya edición, cronológicamente, y en lo que a su producción poética se refiere, se ordena entre los poemarios “Lecciones de tiempo” (2015) y “En la noche yerma” (2019). Se trata de una novela corta o nouvelle concebida a partir del romance homónimo relatado por Miguel de Cervantes en la segunda parte de “Don Quijote de la Mancha”, cuya historia, asegura el complutense, “es sacada al pie de la letra de las corónicas francesas y de los romances españoles que andan en boca de las gentes y de los muchachos por esas calles”. El amor imposible entre una princesa cristiana, Melisenda, y un músico árabe, Ahmed, constituye el detonante ficcional, narrado por el poeta astur Alifonso, del primer enfrentamiento de envergadura entre las dos grandes religiones monoteistas desde la invasión musulmana de la península Ibérica en el año 711. Hispania, Europa, Carlomagno, Roncesvalles, Roldán. La historia pequeña, con el secuestro y muerte de los amantes, se enmarca y ensambla en la gran historia, la tragedia del enfrentamiento entre las que hoy denominaríamos civilizaciones. Pero no sólo eso, con ser tanto, pues la historia con mayúsculas, a su vez, sirve de sangre atemporal al aparato circulatorio de una historia reciente que guía los pasos lingüísticos, y por ende existenciales, del autor. Del fundador de la novela moderna, entonces, llegamos a Antonio Tello. De su romance ahora se trata.

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Antonio Eduardo Tello Argüello

Casi nada es lo que parece: ni el romance es romance, ni es posible recorrerlo sobre raíles octosilábicos, pues tendido está en la red de vías endecasilábicas en que viajan los libros de Antonio Tello desde los tiempos fundacionales en que “el pueblo reventó de angustia”. Todo principiará con la nota del laúd que ayer era ‘ûd’ (“un acorde infalible sostiene el aire…”): la remembranza de lo sucedido a dos amantes y el belicoso discurrir histórico del continente europeo y sus violentas relaciones, tanto de los pueblos que lo integran entre sí como con los vecinos del sur, da comienzo de forma involuntaria. Característica es de la escritura telliana relativizar asuntos y tiempos.  La Melisenda que lee se confunde y al mismo tiempo diferencia de la Melisenda cuya historia “revisa” como si fuera la propia, como si fuera otra muy distinta. ¿Metaliteratura? No hay tal, sino metalenguaje, en Antonio T., para quien los límites de la escritura no los imponen los géneros, sino las palabras. Estoy dispuesto a asegurar que las “lecturas” que se suceden y las historias dentro de las historias son un homenaje a Cervantes y un intento de validar el pensamiento y lo que llamamos “ficción” como ¿auténtica? “realidad” (“somos presente orgánico. La conciencia del presente nos sitúa en la realidad. Esa dudosa certeza de existir”). El pensamiento enlaza los tiempos (“sólo el pensamiento parece sujetarme a la realidad del mundo que ahora percibo como un recuerdo detenido. Un vestigio extemporáneo de la memoria”). Es aquí donde el autor enhebra el hilo de su azarosa biografía y hace trizas el concepto del tiempo convencional que nos aturde, ciega o aliena. Y no lo consigue mediante excesos verbales o barroquismos extemporáneos, sino por medio de la grave arquitectura de la palabra sencilla, en cuyo seno el poeta cordobés hospeda sentidos habladores, si apelamos a la oralidad que le es tan cara. Hablar. Nombrar. Cultiva Tello la sobriedad, sin recurrir a la austeridad, para cosechar sugerencias ricas en nutrientes literarios, históricos, poéticos en definitiva. Como en un juego de contrarios (ayer/hoy, hoy/mañana, mañana/¿nunca?), quien lee y quien escribe, escritos a su vez, muestran a quienes leemos dos situaciones falsamente dicotómicas: ficción y realidad ficcionada. Falsamente, insisto, porque ni la ficción es completamente mentira ni la realidad es verdadera en su totalidad o forma (“mi vida no es más real que la del sueño que imagino soñar o estoy soñando”). Las fuerzas de la nouvelle-poema-novela se ponen al servicio de un punto de vista situado en un tiempo marginal cuya grafía ocupa el espacio interlineado en que se desarrolla la narración. ¿Espacio neutro? No, “entretiempo” entre la vida y la muerte para el que es necesario crear un logos suficiente (“…cada letra […] funda y cifra la vida en el mundo con el rigor del número”).

Para mayor ejercicio de funambulismo narrativo o prodigio técnico, Tello, que aúna en la obra poesía, historia, culturas, homenajes a Cervantes y referencias a la propia bibliografía y se sirve del personaje poliédrico de Melisenda para volver sobre la oscura memoria del advenimiento de la dictadura cívico-militar argentina (incrusta en el texto versos procedentes de otros poemarios e incluso incluye la frase que desde el monolito erigido en una plaza de la cordobesa Río Cuarto, y que “escribirá mañana un poeta”, o sea, él, afirma que ”nadie alcanza la libertad sin entregar la vida”), levanta del barro de la escritura la figura carnal de su único nieto, Bastien Tello de Mena, y la antepone, dedicatoria mediante, al texto, lo que acaba por ampliar física y literariamente la obra, pues convierte al propio soporte material del libro en parte de la sustancia narrativa.

P_Romance“Romance de Melisenda” encierra en poco más de cien páginas una miríada de contenidos aparentemente dispersos que van tomando cuerpo y unidad en virtud del autor, siempre del autor, cuya presencia es implícita y, por más que indeseada, necesaria: la lengua como arma del poder establecido y la creación de un lenguaje alternativo como única vía de salida para el hombre; la reflexión sobre la violencia colectiva con el ejemplo del Cristo de fondo; la equiparación de hechos inconexos a primera vista, como el secuestro de la Melisenda cristiana y el de la mujer-Melisenda que sufre persecución en la Argentina de la dictadura; la visión prismática de las cosas a fin de descodificarlas; la unidad de tiempo, cuya movilidad permite conectar épocas diferentes; la unidad temática (Antonio Tello asegura escribir siempre el mismo libro y reflexionar largamente sobre la existencia, lo que no significa repetirse, sino buscar en las cosas con mirada siempre renovada); la visualización de los contrarios en pie de igualdad como muestra de la renuncia a la moral como arma arrojadiza (cuando se alza la muerte, entonces, al unísono Tello da comienzo a la gestación del nuevo ser, pero no como una catarsis consiguiente, sino como un imperativo permanente de la vida, pues la muerte carece de tiempo, y acecha). Tales son algunos de los poderes que presenta, sin la soberbia de la exhibición, Antonio Tello en “Romance de Melisenda” y en el conjunto de su obra.

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