POETAS NORTEAMERICANOS DE LOS 80

en su “cuarto cerrado”

M. Carmen Gascón B.
Directora Literaria de Fonoteca de Poesía

MCarmen_Gascón

 

Parece que tenemos más tiempo que nunca para escribir y leer,
pero uno tropieza con el silencio obligado
                  donde las palabras enmudecen su brillo.

Me pregunto cómo serán los poemas escritos
tras el confinamiento;  pienso en la importancia de pararnos solos
y leer a las anteriores generaciones.

¿Escribiremos sobre el miedo y lo frágil? ¿Gritaremos sobre las brechas sociales?
¿Serán protagonistas nuestras almohadas y pasillos?

Releo a Erza Pound y sigo con autores norteamericanos de los 50: la Black Mountain School, el San Francisco Renaissance, la Beat Generation o la New York School. ¡Cuánto vitalismo y fuerza para enfrentarse a la realidad exterior! ¡Lenguaje desvergonzado, actitud agresiva y literatura fascinante!

Pero pronto paso a los autores que leí como jóvenes poetas norteamericanos hacia 1980. Llama la atención, una vez más, cómo rompen con la generación anterior. Son poetas que escriben de sus preocupaciones personales; lo que exploran es deliberadamente mínimo, es una vuelta hacia adentro y la prevalencia de ese “cuarto cerrado”, sentados allí donde nada o casi nada ocurre, indiferentes al mundo de afuera.

Me miro al espejo de sus poemas. Selecciono algunos fragmentos para leer en la orilla del silencio, junto a las paredes que nos miran y no muy lejos de un vaso que espera luz.


Mark Strand escribía :


Tal como es, parecería
que el libro de nuestras vidas estuviese vacío.
Los muebles en el cuarto nunca cambian de sitio,
las alfombras se oscurecen más,
cada vez que nuestras sombras pasan sobre ellas.
Es como si el cuarto fuese el mundo
nos sentamos una al lado del otro en el sofá,
leyendo acerca del sofá.
Decimos que es idea.
Es ideal. ...

El malestar, la alienación y la angustia forman el núcleo de una gran parte de estos poemas.

Larry Levis escribía :


Un hombre puede dejar de fumar
no ir al cine y vivir muchos años
oyendo al viento golpear los techos
sin apartar nunca la mirada
de su única página o de la pequeña
vida que sigue esculpiendo
en ella sin descanso…

Los poemas de muchos autores norteamericanos de los 80 se acercan al color amarillo, a las escobas, a los sombreros… o a sus animales de la infancia.

Laura Jensen escribía:


El color entra a tu cesta mientras
lo miras. ¿Qué te dijo? ¿Qué dijiste tú?
Lo que nunca dijiste está a salvo con otro.
Pero ¿cómo me vas a alcanzar cuando me quede
tan atrás? No puedo tejer. No puedo volar.

 

Gregory Orr escribía:

Los sombreros tienen hambre.
¿Qué van a comer?
El tío comediante
mete la mano dentro de su sombrero
y saca una manga vacía.
Los padres ríen

pero los niños se asustan.
¿Que van a comer ahora los sombreros;
los sombreros que llevan nuestros padres?
Mira ese sombrero en el rincón.
¿Alguien le ha dado de comer?

Releer y tras vez preguntarse sin palabras. Algunas llegarán renovadas para expresar malestar, amor o duda, para jugar con valentía ante la incertidumbre, para afirmar el yo y el nosotros, para probar otros modos de escribir y ¿otros modelos de destino colectivo?