RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

“EL HUÉSPED DE LAS NIEVES”

Sanchez_Ferlosio

Desde “El Jarama”, Premio Nadal de Novela 1955,  Rafael Sánchez Ferlosio (1927-2019) consiguió que el mundo cultural español olvidara el nombre de su progenitor, franquista de los primeros tiempos aunque convertido en demócrata de toda la vida cuando vio la deriva del franquismo criminal a partir del final de la guerra incivil, como decía Unamuno, y que está muy bien retratado en el libro “La batalla de Salamina” (Tusquets Editores, 2001), la cuarta novela de Javier Cercas que luego fue una apreciada película de David Trueba rodada en 2003.

Su fallecimiento, a los 91 años de edad, configura a Sánchez Ferlosio como un autor cercano a los clásicos pese a haber escrito pocas obras como la deliciosa “Industrias y andanzas de Alfanhui” (1961) y “El Jarama”, con todos su premios y reconocimientos que, incluso, hasta los jóvenes de hoy mismo, 21 de abril de 2019, leen con apasionamiento.

Fue Jaime Salinas, el hijo del gran poeta Pedro Salinas, quien compartió ocupación como conductor de ambulancias en la II Guerra Mundial con la actual Reina del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, donde otra vez andan a tiros por causa del Brexit que Cameron puso sobre el tapete y la mal andada Teresa May no ha sabido gestionar. Jaime Salinas, decimos, casi 40 años después fue nombrado Director de la Editorial Alfaguara perteneciente, entonces, al Grupo Prisa, editor de El País, periódico supuestamente de izquierdas, que fue capaz de arruinar a miles accionistas, los cuales habían confiado en la familia Polanco y en la protección de los herederos del gran filósofo José Ortega y Gasset (1883-1955) Premio Nobel de Literatura 1933, a quien incluso el franquismo criminal dedicó una calle en el barrio de Salamanca en 1955, quitándosela al matemático y poeta Alberto Lista, a quien, como consolación, dejaron el apellido como una estación el Metro de Madrid, es decir, al lado de la Chocolatería Valor al lado de Conde de Peñalver.

Fue Jaime Salinas quién tuvo la fértil ocurrencia de publicar en Alfaguara, en el año 1982, el precioso cuento de Ferlosio titulado EL HUÉSPED DE LAS NIEVES, con delicados dibujos muy apropiados al relato, y encomendado “para Clara, que leyó este cuento antes que yo”.

Y ya está. O no.

La de Salinas fue una constructiva etapa. Creó la llamada colección azul, que es morada, donde aparecieron la mayoría de los títulos de Julio Cortázar, Günter Grass, Juan García Hortelano, del genial Mario Benedetti, José Luis Sampedro, Max Frisch, Thomas Bernhard, Patricia Highsmith, Alejo Carpentier, Paul Bowles,  Margarite Yourcenar, Salman Rushdie, John Cheever, Max Frisch, Isak Dinesen, Henry Miller, Patrick Modiano, Michael Ende, Gabriel García Márquez  Miguel Barnet, José María Merino, Juan Benet…, algunos de los cuales pasaron a ser manuales en los ámbitos escolares y universitarios, la mayoría con varias ediciones y todos muy apreciados por los buenos lectores.

Teniendo como mano derecha a Ymelda Navajo, que después alcanzó superiores metas, creó una colección denominada Juvenil Alfaguara en la que, también, vieron la luz sugestivos títulos para este tipo de público y muy apreciados por padres y educadores.

Las presentaciones de la mayoría de estos libros eran presentados en la sucursal madrileña de la magna Discoteca Bocaccio de la calle Marqués de la Ensenada, cerca del Tribunal Supremo, del Instituto Francés y de la Plaza de Colón donde, después, José María Aznar, el Presidente del “España va bien”, que luego propició la gran crisis del ladrillo, ordenó izar una bandera nacional gigante, a imagen y semejanza de las banderas mexicanas que había visto en una visita de estado al país azteca. Ejercían de mantenedores del protocolo literario en las presentaciones de los nuevos libros de Alfaguara, precisamente, Juan Benet y Juan García Hortelano, siempre encadenados al mejor whisky de marca con hielo y, a tales actos, asistía el todo Madrid cultural, incluyendo periodistas, políticos de variada etiología y preciosas señoritas, luciendo generosos escotes y modernos modelitos de modistos famosos. Bibi Ándersen, que luego fue “chica Almodóvar” junto a Loles León, subía en brazos a un par de amigos por aquellas escaleras con extrema expectación de los asistentes a tan concurridos actos.

En la Colección Juvenil Alfaguara es donde apareció el cuento de Ferlosio y, en la penúltima página, pueden leerse unos datos suficientes, por entonces, para conocer a su autor: “Rafael Sánchez Ferlosio, figura destacada de la generación de escritores de los años 50, a la que también pertenecen Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos y Carmen Martín Gaite, con quien estuvo casado Ferlosio, ha publicado dos novelas que causaron sensación: “Industrias y andanzas de Alfanhui”, un precioso libro, imaginativo y mágico, que, siendo una gran novela, es también una maravillosa aventura juvenil, y “El Jarama”, la novela más importante de su década. Escritor de obra escasa y muy meditada, ha publicado varios cuentos de niños que sobresalen por la riqueza y la precisión de su lenguaje”.

“El huésped de las nieves”, con esas deliciosas ilustraciones de Ricardo Bustos, es una historia delicada, instructiva y donde los jóvenes pueden conocer el mundo rural de primera mano. Sucede, y así comienza el relato que “Había una vez, por los Montes de Toledo, en una tierra muy espesa de manchas que se llama La Jara, una casa de campo en que vivía una familia que tenía dos burros”. Pero estos burros no son los protagonistas, como veremos enseguida, del corto y poético relato. Total, que el se va con los asnos “a un pueblo cerca a por harina” y como cae una nevada terrible decide pernoctar fuera de casa, “pues, siendo los borricos algo tropezones y cargados con sacos como habían de venir, no se atrevía con tanta nieve a emprender el camino de regreso y, por tanto, que no se preocupasen si no volvía aquella misma noche ni hasta tanto que viese los caminos un poco despejados”. Así que se quedan solos los hijos con la madre y el abuelo quien dice que “nunca había visto, en sus setenta años, otra nevada igual”.  Encerraditos en su casa pasan la noche y, al día siguiente, el mayor de los hermanos, llamado Nicolás, “entró todo alborotado diciendo que la ventana de la cuadra estaba abierta, la falleba rota, los pesebres revueltos, el heno derribado, y que por todas partes se veían señales de que alguien había estado allí”. El abuelo opta porque sea el padre quien averigüe lo que ha ocurrido, “cuando venga”. (“-¡Una falleba nueva-gritó la madre desde la cocina-, que me costó seis duros el ponerla este otoño que acaba de pasar!). Y se quedan con la duda de quién ha podido ser el que haya entrado en la cuadra, si animal o persona.

Al volver el padre comienza el tema a aclararse. Manuel Puebla cantaba: “¡Llegó el comandante y mandó a parar!”. Aquí es al contrario, pues cuando ya los burros están atendidos y la harina puesta a salvo, el padre que se quita “las botas y los calcetines” y “mientras él comía, los demás le contaron el extraño suceso de la cuadra”. Acto seguido acompaña al hijo mayor a comprobarlos destrozos “concluyendo que no era ciertamente una persona la que  en aquel lugar había entrado”.

“-¿Y tú cómo has mirado, bobalán-(pregunta el padre), que no has visto esta huella marcada en el estiércol?-y le mostraba al hijo unas pisadas de pezuña doble de forma semejante a la pista de las cabras, pero mucho mayores-. ¿Conoces tú estas huellas?”. “De borrico  no son”. “Ni de golondrina”. Entonces se trata de dilucidar a quien pertenecen las huellas. Y al final es Nicolás quien se lleva el gato al agua: “¡¡El ciervo, padre!!. ¡Un ciervo ha estado aquí!. ¿Cómo habrá entrado?. ¿Por qué habrá venido?!”.

Se habla profusamente del descubrimiento, de que ha sido un ciervo el intruso y el invierno, siempre cauto, comenta “que no era un caso totalmente nuevo, y que ya se había dado algún invierno con las cabras montesas de la sierra el bajar a pastar con los rebaños de los pueblos; pero que el ciervo tiene fama de animal de muy poco comer, para el que no son nada cuatro días de ayuno, y que aquél, de ser ciervo, sería algún golosón, que entre todos los seres de este mundo tiene que darse la golosería”. O sea que no es tanto el problema de la nieve, ni el hambre que el ciervo pueda arrastrar sino que el abuelo habla sólo de curiosidad del animal y, también, de su afición a la golosina, es decir a comer alimentos que pueden hallarse en las cuadras, como heno o hierba fresca, y no yerba mojada y helada del monte. Pero entonces el niño Nicolás deja caer un argumento propio: “-Como sabe el camino, a lo mejor vuelve esta noche, padre”. La cosa se anima al preguntar el abuelo “-¿No sabes, Nicolás, cómo se cuentan los años de los ciervos?”. Y al contestar negativamente el niño, el anciano le explica: “-Esos cuernos que llevan como ramas peladas empiezan a nacerles alrededor del año”. Ante la curiosidad de todos el abuelo continúa diciendo “ese primer año les sale solamente un par de puntas igual que dos estacas y por eso se llaman estaqueros”, y así explica todo el proceso hasta concluir que “año tras año pierde el ciervo los cuernos, y cada vez que vuelven a nacerle sale una punta más, de modo que por el número de puntas, que se llaman candiles, sacas el número de años”. Ya está, ¿qué falta en el cuento?. Pues que vuelva el ciervo. Y,  lógicamente, vuelve porque si no se acabaría el relato y no serviría de nada la intriga que Ferlosio ha comenzado a hilvanar.

Ya está. “¡A cierveros nos vamos a meter, mira qué cosa!”, dice la madre cuando el padre y Nicolás se ponen en guardia. El ciervo aparece, tratan de apresarle pero el bicho sale por patas y en la huida se lleva el farol, que habían hecho con la lata del aceite y una mecha que llevan de una anilla, entre los cuernos, con lo cual la llama “había prendido en los mechones de heno esparcidos por el piso”, causando un incendio que el padre sofoca “desplegando prontamente una de las mantas” momento en “prorrumpieron los burros en un rebuzno largo y uniforme”.

Nicolás que ha visto con nitidez al ciervo le cuenta al abuelo que “tenía cinco puntas, pero tenía muchas más…”. La madre se queja al ver sus mantas quemadas, después se advierte el estropicio de las tejas y como ha quedado el armazón de la lata de aceite “todo abollado y sin un solo cristal; (pero) la anilla no apareció por ninguna parte”.

“Se terminó el invierno, pasó la primavera y ya todos habían olvidado aquella historia, cuando, una tarde, a mediados del verano, de regreso del monte se presentó un pastor en la taberna donde el padre solía ir a jugar a la baraja, y enseñó a todos un hermoso par de astas de ciervo que, siendo el tiempo de la muda, había encontrado por unas madroñeras de lo alto de la sierra”.  Unida a la cornamenta aparece “oxidada y retorcida, una anilla de lata que bien pudiera ser la de un farol”.

Y lo es, y el padre de Nicolás la reconoce.

Al final Nicolás recibe la cornamenta y el chico puede “contarle las puntos a su gusto y conocer los años que tenía, que resultaron catorce, o sea los mismos que a la sazón  contaba el propio Nicolás”.

Se trata de una historia entretenida,  con cierta dosis de intriga, llena de poesía, bien adobada con las bellas ilustraciones de Bustos que reflejan un mundo rural, pacífico y limpio, las estampas de ciervos y ciervas en medio de bosques solitarios, la madre trabajando en su cocina delante de la ventana que comunica con el campo y otra por la que, abierta de par y par, parece querer penetrar una luna que naufraga entre largas nubes y por la que, acto seguido, se asoma el ciervo con sus astas erguidas y su mirada inquisitiva poco antes de querer huir berreando, casi enfurecido, con el farol enredado entre los cuernos. ¡Delicada estampa la del ciervo en el patio de la casa, con ese árbol que sobresale de la nieva que también cubre parte de los tejados!. Y, ya, Nicolás haciendo sus indagaciones acerca de los años que puede tener el animal. Finalmente es dibujaba la mano del autor que, cerca de un tintero a la antigua usanza, está escribiendo el cuento que acabamos de leer.

Cuando ha fallecido Rafael Sánchez Ferlosio a los 91 años de edad recordar este sencillo relato, diferente a sus sesudos escritos, comentarios y textos de diversa clase, nos parecía necesario ya que un buen escritor lo es cuando puede ejercer un papel de crítica social, sabe dotar a sus conferencias o narraciones de aristas líricas y es capaz de dirigirse con la adecuada sencillez al público infantil y juvenil que, no lo olvidemos, serán los lectores del futuro.

Manuel Quiroga Clérigo.
San Vicente de la Barquera, 20 de Abril de 2019, Sábado Santo.